Es cierto. No puedo negar si dice que no me fijo en nada; es cierto. Seguramente, esa blusa ya la ha vestido varias veces para cuando le digo: “¡Qué bonita!… ¿es de estreno?. Es cierto.
Y así, para mí, fue una sorpresa cuando me fijé que no llevaba su alianza y aún mayor, cuando me contó que ya hacía meses que tuvo que acudir a una joyería porque estaba estrangulando su dedo y ante el dilema del símbolo o la gangrena, ella, obviamente, eligió evitar la gangrena poniendo solución al problema.
No me gustó, lo confieso, mi alianza siempre está presente en mi dedo y sólo ahora la he retirado del sitio que ha ocupado por 31 años, para mejorar mi higiene de manos en el trabajo.
Sin embargo, tras un tiempo de reflexión, he entendido algo que me ha sorprendido. Entiendo que esa holgura tan cómoda en mi alianza puede simbolizar lo leve que ha sido para mí el matrimonio. Me he preguntado si no he depositado en las manos de ella con tanta ligereza el esfuerzo de mantener la unión de la familia hasta hacer que la carga llegue a estrangular su dedo anular.
Jope, debería sentirme menos afortunado de haberme conocido y valorar más a quién ha hecho que mi vida sea, por mí sentida, como plena y gozosa.
Hoy, he vuelto a poner mi alianza dónde corresponde, pues resulta mayor peligro que una pandemia, el no reconocer a quién te ha acompañado, ayudado, sustentado en el riesgo de vivir la vida.
P.D. Mi creciente agradecimiento a mi encantadora Garbí y su certera corrección ortográfica y gramatical .
