Mucho se habla de nuestro escalonado reencuentro con la libertad, aún vigilada, desde este quincenal y prolongado confinamiento, y de los usos y costumbres que tendremos que adoptar y entre ellos el “ distanciamiento social “.
De eso podemos dar clases y conferencias en nuestro pueblo, donde abundan tanto los buenos días sin eco alguno cuando entras en un establecimiento, o la imponente figura de tanto “cara-berza” que parecen mirar a otros como especímenes ajenos a su entrañable y pequeño mundo.
Pero, yo me refiero a lo que queda más evidente estos días si uno tiene la curiosidad de conocer las demandas de ciudadanos en el Banco de alimentos o la propia Cruz Roja.
El Getxo invisible, éste que ocupa y se ocupa de nuestros mayores, que realiza labores de hogar y otros trabajos que, ya entre nosotros, no realizamos, y que no cuentan, en infinidad de ocasiones, con un contrato legal y que, estos días pasa, no apuros, sino necesidad real de pedir para poder comer.
Eso sí, jope, es la real y triste distancia social que cada día vivimos en Getxo.
