
Pocas veces corro, de hecho, considero que hacerlo es una fatiga innecesaria salvo que sea para socorrer a una señora, o mejor, señorita, que tropieza, o para llegar al estanco unos minutos antes de la hora del cierre, porque te has quedado sin tabaco.
Aunque me gusta el deporte y lo practico, no pocas veces mis compañeros de juego me recriminan que no corro, pero es que considero que quién debe moverse es la bola, la pelota y no al contrario.
Esta personal actitud de economía del esfuerzo hace que esa fatigosa manifestación de runners o korrikolaris (nominaciones al gusto) y su generalmente inarmónico trote me resulten fastidiosos.
Casi tanto como el ridículo espectáculo de tanto cincuentón con mallas o culotte disfrazados de esforzados ciclistas que muchas veces pienso pueda deberse a que en su infancia padecieron el trauma de que los Reyes Magos o Papa Noel no les trajeron la bici soñada.
Tanto abuso estético en esta fase de desconfinamiento me hace reclamar un horario para el verdadero gozo que se produce al sentarse en un banco sin prisas por llegar a ninguna parte o el de caminar y observar, alejados de la premisa socialmente exigida del deporte, aunque canse.
Aprender a cultivar una leve pereza física hace más razonable y serena a la Humanidad que parece siempre necesitar correr sin destino claro.
Jope, pido disculpas si puedo molestar a tantos esforzados deportistas que compiten conmigo por un sitio en aceras de nuestras calles y avenidas, pero ¡Dios Mío..Haz que esto acabe!