Uno tiene la urgencia liberal de creerse libre de estos códigos expresados por las fases de la desescalada (poco afortunado llamarle así al desatino vivido) e intentar acomodar su rutina, sin sentir la realidad de la imposición en sus costumbres por quienes no comunican los criterios, por los que los imponen y nos tratan como niños, ni siquiera repipis o contestones, sólo niños buenísimos a los que siempre les quitan el bocadillo en el cole y que inevitablemente usan gafas y están gorditos.
Como lo ignoro todo, es mi familia quién me señala lo que no puedo hacer y es entonces cuando me parece más natural esta seria limitación, pues uno está más acostumbrado a que mujer e hijas le determinen horas, sobre todo de vuelta, de reuniones (siempre justificadas) y aficiones.
No intento entender. El absurdo no se analiza.
Puedo jugar al golf, práctica que tengo olvidada -perdón a la familia del pato, nunca fue mi intención que la bola saliera, no hacia la calle, sino derechita al pobre animal en el lago-, pero no puedo echar un tenis contra mi odioso en la cancha y buena gente fuera de ella, de A. ,salvo lo hagamos en un club privado.
Puedo reunirme con diez personas, pero siempre con las mismas, con lo que está claro que debo elegir con qué grupo reunirme, y ser muy estricto en la elección, pues si elijo uno de tristes o de compañeros o de la familia, me quedo con una posible mala elección hasta vaya a saber qué fase.

Puedo caminar a las 8 que suele coincidir con galerna , lluvia ..o disfrutar en masa, de las abigarradas calles de Getxo, pero no puedo escapar al monte donde no voy a encontrar a nadie.
Puedo, no puedo… No nos damos cuenta de que aceptamos sin más cualquier cosa sin plantear por qué debemos hacerla.
Los pagados para servirnos, siendo nosotros de ello inocentes, pero para ello hemos elegido, se erigen, agrandados por esta situación, como directores de nuestra vida cotidiana hasta límites nunca sospechados.
Si continuamos de este modo , permítanme, ¡jopé!, elegir el original y hacerme súbdito del gran maestro, líder y espejo de Corea del Norte, el simpático gordito de nombre impronunciable .
