Me he levantado sudoroso y he tropezado ya en suelo con Zuri que se ha revuelto enfadado por interrumpir su sueño.
No suelo tener pesadillas. Ni sueño ligero, duermo como un tronco e incluso ajeno a los codazos y alguna patada cariñosa de mi compañera de cama y vida, cuando interpreto a mi aire, los sonidos de la tormenta que ella, de poco oído, considera desagradables ronquidos.
Pero está noche ha sido diferente. Joselito, compi de tantas golfadas, y yo. Éramos dos niños pero con cabeza de adultos, la suya es muy fea por cierto, e íbamos disfrazados. El de político con su traje y una bolsa, para los caramelos o para cualquier otra prebenda y yo de policía municipal chulito y con porra.
Llamábamos a los timbres de las casas, uno encima de otro, ya que, recuerde, éramos niños y no llegábamos a la altura del llamador. Nadie abría pero sabíamos que alguien miraba por la mirilla y se mantenía mudo sin querer abrir.
Nosotros gritábamos » mascarilla y distancia social o confinamiento «.
Pero nadie, nadie respondía…
