Cerramos está noche la puerta al 2020 y tras ella, unos en modélico sexteto y otros en covid-party celebraremos el tránsito. No indico al modelo al que me he apuntado por consejo legal de mi amigo Rubén.
Permítame quién lo lea, una mayor extensión de la entrada por dos razones. La primera es ser la última del año y la segunda por abrir un largo paréntesis hasta la siguiente para alivio de quienes la reciben con desagrado, cuyo número desconozco y poco me importa, y para merecido descanso de quienes, destacados por gusto e inteligencia, pueden reírse o reflexionar con ellas.
Como es día también de reflexión, me permito trasladar la más importante lección que este año me ha otorgado.
No, no se trata de nada relacionado con el bicho, que, no seamos inocentes, vamos a tener en incómoda compañía más allá de lo que dure Sánchez en la Moncloa y bastante menos de lo que Iglesias cree para el advenimiento de la tercera República.
Puede sorprender que lo más profundo de lo que he aprendido este año, provenga de un muchacho brasileño que fue contratado por el Real Madrid hace dos años.
Y lo fue, por el juvenil descaro para abordar la defensa y atlética mente escapar por velocidad del defensor. Carecía de remate, posición de juego, pase …pero ilusionaba su inocencia desbordada y una sonrisa permanente de cien dientes.
Este año todo cambió en un minuto. Partido de Champions. Una primera parte desastrosa en juego y resultado. En el túnel de salida al campo tras el descanso, Benzema, un fantástico delantero habla con un compañero y le dice » a ese no le pases, que juega con ellos «.
Ese, era Vinicius y estaba a un metro de ellos por lo que oyó la conversación. Su juego había sido un desastre pero era su forma de entender cómo hacerlo.
Han pasado meses desde entonces. El joven ya no desborda por velocidad y afronta sin miedo al defensa. Se limita a intentar reproducir lo que piensa pueda ser lo correcto para que sus compañeros y entrenador le consideren.
Pero no funciona, nada de lo que hace tiene ya trascendencia, imita y participa en una farsa que le está llevando al banquillo y al olvido y lo que es peor, sin sonrisa.
Debemos para que seamos aceptados, anular lo que somos y con ello la originalidad que nos es propia?
Hace unos días rompí mi raqueta contra la galería de un trinkete a golpes de rabia e impotencia al darme cuenta que para no sentirme desplazado, por mi juego, de aquel grupo de frontón, había intentado imitar su forma de jugar y con ello había perdido mi originalidad.
Seamos nosotros y sino gusta, como dice mi amiga Hamster » a parla «.









