Es el tercero. Los dos anteriores no cuentan. Su capacidad de engaño no era poderosa. Este último, sin embargo, es temible.
No sólo me controla pasos, ingesta o pulso. Además, impertinente, controla mi sueño, la hora de dormir y para colmo, me indica con una alarma que llevo, deliciosamente, haciendo el vago según su rígida moral, cuando en realidad leo las flores del mal o reduzco en líneas mi pensamiento.
Porque entonces escandalizarse cuando observo una sociedad que pasa de estar constituida por ciudadanos a súbditos y a un paso de grupo de zombis a los que se les marcan hora de retirarse a casa, cuando no abrazarse o tomar una refrescante cerveza en una terraza con calefacción, sin mayor explicación que justificar la salud pública y sin argumentar críticamente tales intromisiones.
Es fácil ser crítico sin valorar lo propio, cuando mi liberación resultaría de no aportar ni enchufe y con ello energía a quien se ha entrometido de forma tan irritante en mi vida.
