Diario majorero, a 100 km de África. Sorpresa en Cofete.

La playa de Cofete es de muy difícil acceso.

De ahí, que tras un subir y bajar monte y afrontar un millar de curvas por una pista de infarto, uno no espera sino encontrar esa playa en absoluta soledad.

Para mi pasmo, veo como en la mansión que preside solitaria al pie de la playa se izan dos mástiles.

Esa mansión repleta de leyendas de submarinos, nazis y demás, hasta hace poco era ocupada en abandono por una familia que legitimaba sus derechos por decirse descendientes de trabajadores al servicio del industrial alemán que la hizo construir y que ofrecía visitas a la misma con la promesa de enseñar celdas, centros de emisoras para comunicación con submarinos del tercer Reich y casi el refugio secreto de Hitler quien hubiera escapado de Berlín con su Eva, dejando al Ejército Rojo que asediaba el búnker con un palmo de narices stalinianas.

Mi pasmo aumenta al comprobar cómo de los mástiles de blanco impoluto se alzan la bandera de USA y acompañada al otro mástil por la de los confederados como símbolo de haber sellado la paz tras la guerra civil americana.

Además, la fachada, marcos de ventanas, puertas y pintura aparecen restauradas; el jardín en terrazas descendentes cuidadas y luciendo surtidores de riego sobre un césped imposible en esta latitud y geografía. Pero además asoma en la trasera de la casa un Green inmaculado en lo que es un campo de golf con un par de hoyos al menos.

Sin tiempo para reponerme de la sorpresa me he visto rodeado por cuatro armarios con traje, gafas ahumadas y pinganillo que en un pis pas me han rodeado y pese a mi inglés de pega, bien he entendido que me querían fuera de allí.

Como solo eran cuatro no he querido ponerles en compromiso y les he perdonado la lección que merecían por sus modales.

Solo he comenzado a entender como ya camino de la playa un hombre parecía dirigirse a gritos a un grupo bizarro de gentes pues uno de ellos parecía llevar un gorro de bisonte e iba con el torso desnudo, otros con gorras de béisbol y chalecos de pesca, alguno con casco militar ..parecían hipnotizados por el hombre trajeado que por el traicionero viento de Cofete llevaba un largo flequillo zanahoria hacia un lado, dejando el otro en despejada ausencia de pelambres.

Creí entonces oír «..Make Fuerteventura great again ..»

He decidido dejar Cofete con el chasco de no poder evadirme de la presente actualidad.