Pototo es una institución en el bonito pueblo del Cotillo.
Emigrante en Venezuela, trabajó como peón de Hacienda, camarero, bailarín profesional, albañil e incluso llegó a disputar el campeonato nacional de los welter en el país caribeño.
Vivido y con una portentosa mujer de piel de ébano, que todavía, ya madura, hace girar el cuello a cualquier caballero al pasar. Recogió pesos y dólares bien ganados para regresar a su pueblo y allí montar un aparente modesto restaurante de la que sale, solo para quién lo sabe, la mejor cazuela de pescado en la isla.
A la mesa junto a la única mujer capaz de aguantar mi convivencia por décadas, vamos degustando ese sencillo placer, pero Pototo que siempre tiene un ánimo jovial y disfruta yendo mesa a mesa para acoger a sus clientes, a los que hace sentirse amigos, parece distraído y ausente.
A los postres, termina por acercarse a la mesa pero ni su sonrisa, ni sus galantes comentarios a mi chica parecen reales.
Termina por sincerarse y habla de la catástrofe en Canarias. Para animarlo le cito la llegada de la ayuda europea y me contesta: «..el problema es repartirlo pues si borracho, no vendas vino..».
Tras la cena y paseando junto al mar tan calmo, entiendo lo que me ha respondido.
Como poner tanta pasta en manos de quién muestra siempre derrochar la y repartirla entre amigos, socios y colegas.
