De la Oliva me quedo no con la casa de los Caroneles o la bella iglesia, sino disfrutar jugando con Airam.
Metro y medio de sonrisa pícara y pelo revuelto. Tomábamos el vermú cuando llamo mi atención el chiquillo que a la mesa de la otra esquina del local, jugaba al ajedrez con un viejillo de edad indefinida.
Al poco rato el anciano se levantó y dejo alguna moneda sobre la mesa, librsndo el sitio frente al tablero a un cuarenton de bigote poblado.
A este dio puerta en lo que no fueron cinco minutos. Me acerqué intrigado.
– Señor, a euro si yo gano, tablas nada y 50 céntimos si me gana.
Fueron tres partidas, las dos primeras con blancas y de abono de los euros. La tercera fue tablas y no tengo duda fue porque se le hacía tarde para ir a casa a comer, antes de volver a la escuela y creía tener suficiente botín con lo ganado conmigo.
Airam, el precoz maestro de Ajedrez, me cuenta como su abuelo Adolfo le enseñó a jugar y como se saca sus euros con este talento que posee, pues en casa por su habitual tendencia a la travesura , semana si y otra también está castigado sin paga.
Pero lo que más le gusta es el futbol y sueña con jugar en Las Palmas.
Antes de marchar, serio y con la mirada de viejo de algunos niños de 10 años me dice » señor, si quiere ganar al Ajedrez debe no solo mirar como un peón».

Vuelvo a la mesa donde me recibe con cierto enfado mi razón de vida y una vez se esfuma el leve enojo, me pregunta señalando al mudo televisor que puede verse dentro del local y que emite titulares de noticias, que pienso de lo que está sucediendo.
– Para entenderlo tendría que aprender a mirar no solo como un peón.