Esta es mi reflexión cuando en busca de mi lugar preferido para comer almondigas por Malasaña, visito como acostumbro la plaza 2 de Mayo y veo la profanada estatua de Daoiz y Velarde en el arco de ladrillo que queda de lo que fue armería y destino final de ambos junto a unos cientos de voluntarios.
A cada visita, puedo encontrar una nueva añadidura a su resultona escultura, esta vez Daoiz ha perdido su espada y el bueno de Valverde enarbola un botellín de cerveza, al menos nacional.
Ambos y tantos que con ellos se dejaron el pellejo, sabiendo que el gusto de la escabechina contra el gabacho, terminaría en degüello y ya te he visto nación; serían entonces tan poco juiciosos conociendo que tal sacrificio terminaría en absoluto olvido o peor en eólico cachondeo.
Y es que en España la única memoria histórica parece ser la de mantener como eterno zombi al General Franco por parte de algunos o el gol de Iniesta de mi vida.
País para el hoy, que mañana ya será y ayer no me acuerdo si te conocí.
