Día 2. De Coca a Cuéllar e Iscar. Zuri, leal pero a su bola..

Te levantas con el regalo de una hora más de sueño sin la urgencia del reloj dado el cambio horario y sales con tu café al porche para que la sombra blanca de Zuri, siempre al tanto de tus idas y venidas como amante celoso te siga y de improvisto salga a los jardines sin volver atrás y pasado el tiempo y todavía en pijama uno deba calzarse botas ya temiendo que no sepa regresar, cuando alegre e indiferente vuelve a mi.

Comienza así el día que discurre entre castillos como el de Coca cuyos ciudadanos según la toponimia no son cocoinomanos sino couquenses. Tras ello y con un carácter diferente, hemos visto otros castillos y todos ellos con un carácter diferente y distintivo, poco tienen que ver la aguerrida torre de Iscar con la soberbia impostada del castillo de los Fonseca en Coca.

Me gustan los castillos. Se que hoy en día, los puentes y su simbología tienen una mayor popularidad por lo que de unión y comunicación significan. Yo me quedo con los castillos y lo que representan. Protección y salvaguarda de derechos, libertades y la seguridad y conservación de lo propio y recordar que cada uno contaba con su puente levadizo que permitía el paso al amigo y se alzaba sino fuera así .

Hagamos fuete los castillos que guardan nuestras ilusiones, esperanzas, conquistas sociales o individuales. Fuera no todo está bien.

Día 1. De Getxo a Olmedo pasando por Valladolid y sin olvidar Medina del Campo.

Encontrarte con la pequeña en Valladolid es recuperar la alegría que está transmite de forma natural y la mejor forma de celebrarlo es con la excelente tortilla casera bien regada con un verdejo de la tierra en uno de sus numerosos bares de tapeo que tanta fama van otorgando a la ciudad. Gloria sencilla pero no baladí en una ciudad tan ligada a la historia.

Salimos pues bien pertrechados en espíritu y estómago en camino de la villa de las tres sietes pues Olmedo presume de ser villa de siete plazas , siete iglesias y las siete glorias de la repostería que uno puede encontrar en la Frías, entrañable comercio donde unos buñuelos pueden convertirse en una tentación en la que caer con absolución siempre añadida .

Tras progresar nuestra curiosidad viajera hacia el imponente castillo de Mota y una cena nada ligera en la bella Plaza Mayor de Medina, regresamos a nuestra morada y ya en ella y frente a la chimenea donde arden en mágica danza las leñas , reflexionamos entre Zuri y yo sobre la conveniencia de pecar una vez más con alguno de los buñuelos aún salvados a nuestra gula.

Por mis muertos.

No me gusta Halloween. Lo encuentro disparatado pues blandir el te asusto sino me das golosinas se parece mucho a lo que hacen los gobiernos con nuestros impuestos y estos no necesitan maquillarse la cara o vestir sábanas fantasmales pues ya las llevan de serie. Cuando alguna de esas pandas de niños hace sonar el timbre, antes de abrir, mantengo sin luz el hall y me pongo la careta de majara perdido que tanto me recuerda a la de mi amigo A. tras el tercer gin-tonic, al mismo tiempo que recibo al encantador grupo, iluminó mi cara con una linterna.Fabuloso cuando salen corriendo escaleras abajo como alma en pena.

Sin embargo, me gusta celebrar como en México estás fiestas.Calaveras, adornos florales, buen tequila y a ser posible en el propio cementerio junto a los queridos o no familiares a los que pilló la puñetera Parca. Todos formaremos parte del siempre accesible club de los ausentes y así, prefiero si alguien me recuerda, que esto sea para compartir y al menos en espíritu, de la fiesta de los míos todavía en esta vida.

No celebrando ausencias, sino la vida y el recuerdo de la vida de nuestros muertos.

Cry Macho.

Me ha venido a la cabeza mientras me faltaba el aire subiendo los más de doscientos escalones para ascender desde la playa.

Barrika con este baja bajamar que deja descubierto sus rocas alineadas contra el mar, es uno de los arenales que te hacen sentirte en paisajes primarios de tiempos donde todo esperaba ser nombrado y entonces realmente existir.

Puede ser mi baja forma física fruto de las heridas en mi corazón o el abandono de los esfuerzos más allá de los tranquilos paseos con Zuri o casi seguro, de este devenir de años que de pronto se han hecho, también al nombrarlos, reales

Algo parece haber cambiado. No me reconozco en la ausencia de entusiasmo por banalidades que tanto me entretenían aún por algún momento, no recuerdo cómo ahora, un tiempo tan largo de descreimiento sin fe en lo justo o lo necesario. Sentirse invisible ante las mujeres que me interesan y que siguen, a mi pesar, siendo tantas.

Ya no veo la vejez como algo que no me corresponde sino como un espejo que cada mañana me sorprende con nuevas arrugas, flojera de brazos y bolsas en los párpados.

Entender la propia vejez es un reto. Asisto a tantos viejos y al mirar en ellos encuentro todo y nada de lo que necesito, pues somos tan diversos y a la vez tan próximos e iguales.

Me viene pues a mí pensamiento, la última película de Clint Eastwood, aunque no tenga de inmediato previsto acudir al cine pues dependo de la caprichosa agenda de una mujer que pasa de ser esposa a madre rigurosa frente a mis caprichos o tierna cuando me muestro temeroso.

Los 91 años del director y actor reflejados al parecer, en un film para reconciliarse con la vejez no ya como el trágico final de cada uno y más con la Paz serena de saber que lo necesario y nuestro perdón está en la mano sencilla que una niña que toma la arrugada piel llena de manchas de un viejo.