Cry Macho.

Me ha venido a la cabeza mientras me faltaba el aire subiendo los más de doscientos escalones para ascender desde la playa.

Barrika con este baja bajamar que deja descubierto sus rocas alineadas contra el mar, es uno de los arenales que te hacen sentirte en paisajes primarios de tiempos donde todo esperaba ser nombrado y entonces realmente existir.

Puede ser mi baja forma física fruto de las heridas en mi corazón o el abandono de los esfuerzos más allá de los tranquilos paseos con Zuri o casi seguro, de este devenir de años que de pronto se han hecho, también al nombrarlos, reales

Algo parece haber cambiado. No me reconozco en la ausencia de entusiasmo por banalidades que tanto me entretenían aún por algún momento, no recuerdo cómo ahora, un tiempo tan largo de descreimiento sin fe en lo justo o lo necesario. Sentirse invisible ante las mujeres que me interesan y que siguen, a mi pesar, siendo tantas.

Ya no veo la vejez como algo que no me corresponde sino como un espejo que cada mañana me sorprende con nuevas arrugas, flojera de brazos y bolsas en los párpados.

Entender la propia vejez es un reto. Asisto a tantos viejos y al mirar en ellos encuentro todo y nada de lo que necesito, pues somos tan diversos y a la vez tan próximos e iguales.

Me viene pues a mí pensamiento, la última película de Clint Eastwood, aunque no tenga de inmediato previsto acudir al cine pues dependo de la caprichosa agenda de una mujer que pasa de ser esposa a madre rigurosa frente a mis caprichos o tierna cuando me muestro temeroso.

Los 91 años del director y actor reflejados al parecer, en un film para reconciliarse con la vejez no ya como el trágico final de cada uno y más con la Paz serena de saber que lo necesario y nuestro perdón está en la mano sencilla que una niña que toma la arrugada piel llena de manchas de un viejo.