Día 3. De Olmedo a Segovia con un hasta pronto que duele.

Desde el ediculo o templete de la Iglesia de la Vera Cruz y sentado en la planta donde a todas luces por la proximidad al Alcázar donde residía el tesoro de Castilla, los interesados templarios se reunían; me imagino a los nuevos templarios con menos glamour pero también con más poder, reunidos hoy como fondos de inversión, conocidos magnates o hereditarias familias y todos ellos tejiendo su interés con apariencia filantrópica. Nada cambia.

Se me van diluyendo tan oscuros pensamientos frente al asador de Cándido, pretérito anterior a Máster chef, cocina desestructurada o culto a las estrellas Michelin. De crío me fascinaba ese extraño ritual de cortar al magnífico cochinillo con un plato y sobre todo estampar en golpe anárquico , el mismo contra el suelo. Supongo que esa extrañeza personal pudiera deberse a que en casa las escaramuzas de pareja nunca llegaban a tanto. Benditos padres.

Con todo y pese a la belleza desbordada de la ciudad, el día acaba algo triste cuando decimos adiós a Nata que regresa a Madrid. La noche fría hiela el corazón de un padre.