Leo en un artículo como no somos capaces de engañar a nuestra mascota canina y confirmo por mi experiencia.
Por mucho que envuelva en madalena, bollo de leche o chocolate- delicias para el, que aporto a su distinguido paladar cuando mi mujer no me ve- cualquiera de las cápsulas, soluciones o comprimidos que el veterinario se empeña en aportarle, siempre las rechaza por muy insípida o inodora que sea la botica o bien si me dirijo en términos cálidos al mismo explicando que volveré en un rato a casa, sigue mirándome lánguido dando a entender mi mentira.
Extraordinaria capacidad de discernir verdad o engaño fruto de experiencia y sentido común. Cualidades muy poco trabajadas en nuestra sociedad cuando nos forman y deforman hasta hacer que veamos en cada hombre un posible maltratador o en la mujer un objeto o bien en cada migrante un peligroso delincuente o el hermano que no conocimos, temer por un catarro una amenazante enfermedad infecciosa, hasta hacernos pensar en la bondad redentora de cualquier persona – afín a lo que creemos – que se postula en unas elecciones o su carácter interesado y repulsivo sino participa de unas u otras siglas.
Engañar o ser engañado. No dándome de íntegro y cabal, prefiero la seducción que no resulta sino de mostrar con intención solo una parte de la verdad como zanahoria irresistible.
