Una tarde lluviosa de fútbol.

Todo comienza mucho antes. Al menos una hora y media antes ya los diferentes delegados se ocupan cada uno de lo suyo. También de recibir a los árbitros, generalmente trajeados como pareciendo ejecutivos de rango medio, demasiado jóvenes de ordinario para no resultar estar vestidos para algo más que cómodos en su indumentaria que pronto cambiarán por otra que les hara aún más distintos a los partícipes. Apostaría por sustituir sus llamativas camisetas amarillas por el clásico color negro, entiendo que el luto pueda ser el único color respetable para un árbitro que siempre va a perder pues unos y otros terminarán por denostar cuando su último silbido de autoridad termine.

La llegada del conjunto visitante tiene siempre un punto más ordenado, viajan juntos. Los locales llegan uno a uno o en grupos. Pronto se escuchara un altavoz con música casi siempre atroz para el sentido. Uno preferiría la carga de las walkirias al reggaeton.

El más tranquilo en las formas y más centrado en sus miedos internos es el entrenador, su segundo parece inquieto .. al fin y al cabo son los eslabones prescindibles si las cosas van mal y siempre llega un momento que van mal.

Huele a gel y crema de masaje, las manos provocan la magia en el tono de las piernas jóvenes para que enciendan chispa.

Más allá, los porteros, héroes o candidatos a la pica calientan solos ajenos al resto del equipo, compañeros de pareja que viven el ser o no ser entre el deseo del fracaso de uno para entronarse o el sentimiento de respeto y cariño por su compañero como único rival al que pueden llegar a comprender.

Llegan con tiempo y contentos quienes desean ver al equipo de su pueblo vencer y quizás recordad su juventud persiguiendo entre el barro un balón de cuero que picaba como un demonio al recibir un balonazo.

Directivos y Presidente que reciben como embajadores a los que como ellos cuadran cuentas imposibles y buscan patrocinios y subvenciones para que esto continúe cada sábado o domingo.

El utillero chuta los balones sacados del almacén y los va esparciendo por el césped quizá en la pesadumbre de que estos no fueron suficientes o precisos para ocupar el puesto de los que en poco tiempo saltarán al campo.

Tarde de fútbol y llueve.