Una cosa muy distinta de una cala en Menorca fuera de temporada es una playa urbana en Julio.
Así, tras el paseo matutino con Zuri, uno y apenas las 9 de la mañana, llega a la playa con la intención de pillar brisa al borde del mar cuando se encuentra con la paradoja de no encontrar un alma y al mismo tiempo, como si fuera el Parlamento con los escaños vacíos en cualquier sesión ordinaria, una sarta de sombrillas, sillas y toallas perfectamente alineadas que han copado la deseada primera línea de playa. Misterio playero.
Aún es peor cuando tras el primer y más gozoso baño, sin saber cómo ni cuando, el bullicio de conversaciones, el golpeo de la pelota por las palas, algún móvil donde suena Tangana y el grito de una madre diciendo al niño no se acerque a la ola, apagan el ruido del agua al morir en la arena.
Uno se tumba o se sienta en aquel lugar que cree ocupa, cuando en inesperado suceso, se ve rodeado por una familia eslava que por momentos crece y va invadiendo por niños rubios que construyen con sus palas y cubos lo que uno siente como barricadas que forman parte de una ocupación tan planificada como la de la península de Crimea de lo que era tu modesto lugar en la escena geopolítica de la playa.
Solo queda rendirse al aroma del porro de la joven tumbada a un par de metros y dejarse llevar por el mismo hasta una indiferencia zen.
