No hubo tiempo para que nadie me dijera al oído lo de César eres humano.
Con sol de justicia ya son ganas de acudir a jugar a un campo de golf, pero el interés por conocer este campo de par tres del que había oído hablar en términos tan positivos, me hizo abandonar el sentido común, cosa no tan infrecuente en mi, y plantarme en el hoyo 1 con mi gorra, palos y ya sudando.
La cosa empezó tan mal como era previsible, cinco o seis golpes para meter la bola en el lugar que corresponde. Últimamente lo de meter bola no me esta yendo muy bien.
Llegado al hoyo 4, me encuentro cuatro pequeños árboles y apenas a 30 metros el Green con la banderita roja. Vaya un hoyo de precisión, pienso, tomo el sand, un palo para golpes de aproximación, golpeo y la bolita blanca como mi inocencia salva los arbolitos, cae en el Green y rueda apenas dos metros para llegar a la bandera, golpear en ella y entrar en el agujero.
No llegue a gritar porque no me dió tiempo. Los que gritaron fueron los tres tipos que aparecieron en el Green y aunque expresándose en British resultaban de lo mas comprensibles.
Este maravilloso golpe lo hubiera sido de veras sino hubiera errado el objetivo. Mire a la derecha y allí a 80 metros estaba la bandera del cuatro, acababa de meterla y bien metida en el siete.
Cuando baje a recoger la bola del hoyo escuchando los comentarios de los British me sentí como si hubiera invadido Gibraltar y la Reina Madre, R.I.P, me mirara soberbia con un no menos soberbio vaso con ginebra como acostumbraba a celebrarse, solo pensaba entre sonrojo y sonrojo en Gloria efímera.
