Last day. Teruel y sus amantes ponen a prueba mi corazón.

Y no el romántico, siempre galante y amable con la más perfecta creación de la Naturaleza, es decir, la mujer.

Sino con el prosaico músculo cardíaco que nos mantiene en este mundo que conocemos.

La prueba y su intensidad no han estado referidas a esta canícula asombrosa que nos abochorna o al poco piadoso tute caminero al que me impone esa mujer virtuosa que me acompaña.

Probar tu corazón es llegar a la ciudad y aparcar, salir con el perro clamando escapar, mientras tú mujer sale también intentando WhatsApp con una ochentona que debiera darnos la llave del coche. Nuestro vehículo tomó entonces la decisión de seguir la dinámica de la cuesta e indiferente se deslizaba hacia una frecuentada rotonda.

Reaccionamos. Yo empeñando en evitar el desastre frenando sin éxito su descenso, mientras la intrépida Ana se lanzaba dentro del coche y metiendo el freno de mano. Gracias Ángel de la Guarda.

Ya en contacto con la buena señora y en el portal de la casa, tres pisos sin ascensor y un can reacio y tozudo a subir un escalón como en el es costumbre.

Cargando en brazos con el morlaco, tropezón en el primer tramo y caída libre pero de escasa consecuencias.

Ambos lances y mientras uno teme alguna reacción de mi dañada víscera, este, por fortuna de mis bypass, late indiferente a mi angustia.

Teruel.