Dicen era la edad de Cristo. Supongo que el bueno de su padre en la Tierra pensaría preocupado en que su único hijo debiera ya sentar la cabeza y labrarse un porvenir, dejando de lado tanto vagar de pueblo en pueblo con esa cuadrilla que vaya uno a saber en qué líos se estaba metiendo.
Son 33 ya los años desde que en una fría tarde de Andra Mari nos pusimos este anillo que aún veo en el anular de mi mano derecha.
Muchas etapas de este Tour, con días en los que hemos subido el Alpe d’ Uez, otras han sido de cielo azul y llanura infinita y no pocas veces hemos cruzado el temible pavés con riesgo de tropezar y caer.
Desconozco cómo serán las etapas que restan, lo único seguro es que quiero compartirlas con ella.
No entiendo el misterio por el que me ha aguantado hasta ahora, forma parte de las incógnitas solo atribuibles a mi portentosa suerte y no es que me valore en poco, sería mentir a mi carácter, sino a lo que tanto me da por tan poco.
Mi recuerdo. Tan morena y el pelo rizado. Al otro lado de la carretera con su vestido azul y blanco a rayas horizontales.









