Me encanta tomar un avión. He aprendido a disfrutar al contrario de mi juventud, en poner en manos de otros y desconocidos, la responsabilidad de mi seguridad; establecer mi confianza sin preguntarme si quién me dirige al destino elegido, ha pasado mala noche, desea abandonar este cruel mundo o sufre un ataque de hemorroides. Puro dejar fluir, como la actitud de tantos sobre quién nos gobierna o administra. En el fondo soy un buen ciudadano sin pensamiento propio.
Tomar distancia de este tristísimo y calamitoso verano de mi pueblo, donde el sol y la luz es una deseada y esquiva visita. Añadir rutas y kilómetros a la evidente desgana en mi trabajo, a sus exigencias, a su infortunado horario, a las demandas que me dejan perplejo y a la insistencia en pedirme certezas cuando ahora dudo de todo.
Estos viajes de familia son la mejor terapia para disfrutar con la sencillez necesaria, sin deseos de hacer participe a tantos anónimos reflejando en Instagram lo generoso y envidiable de mi ocio en lugares con encanto y una sofisticación que por compartida se torna vulgar y falsa.
Apenas unas cartas, el blog de dibujo y lo inesperado al encontrar un buen libro tras tanta hoja editada sin mayor valor.
Primer día de vacaciones.
