Hay personas capaces de crear y otras son máquinas incansables de destruir y ello viene a cuento del contraste entre el admirable nuevo museo del Foro Romano, ejemplo de valor didáctico y gusto en la presentación al público del rico patrimonio de la ciudad.
Y frente a ese ejemplo, la imperdonable costumbre de la playa de la ciudad. Recoleta cala donde se impone la costumbre del indeseado hilo musical de un regeton a pleno volumen para escasa satisfacción de quién se halle a no menos de 100 metros del radio de acción mortífero del simpático grupo de jóvenes de tatuajes de vírgenes improbables y amorcito a la madre que los parió, con sus gorras, gafas de espejo e incomprensibles calzoncillos de marca bajo un traje de baño, completando el hermoso disfraz con dorados en collares o pulseras
Atentar la Paz serena del veraneante que quiere adormecerse con el suave ronroneo de la mar sobre la orilla es crimen sin castigo suficiente en Guantanamo o en las oscuras celdas de Maduro.
Verano.

