Día 12. Las Negras

Vemos la torre desde el porche de la casa de los tulipanes, cuyo nombre no puede ser otro, dado la nacionalidad holandesa o de los Países Bajos ( que fastidio que llamen a tu país, bajo, resulta hasta ofensivo) de los propietarios de la casa donde nos alojamos.

Como último día en este pueblo, mi hija decide que debemos subir hasta la loma donde la torre vigila como antaño la costa.

Puedo decir que me he dejado subiendo sangre, sudor y lágrimas pero sería mentira pues se suda poco con tanto calor seco y mis lágrimas las reservo para el próximo lunes cuando vuelva al despacho. Pero eso sí, sangre si que he dejado y en buena cantidad por el uso de la medicación, tras un resbalón y costalada que se ha resuelto con una herida en la mano, muy celebrado por las chicas con » estás hecho un abuelo».

A pesar de ello y como merecido premio haremos cena en el Manteca. Hasta ahora el Manteca que conocí, era un muchacho cojo que se hizo famoso rompiendo mobiliario urbano con su muleta en alguna protesta juvenil en Madrid. Es muy nuestro que los líderes de cualquier índole tengan esa catadura tabernaria y bizarra.

Pero no, este Manteca es diferente y puedo asegurar que cocina el mejor arroz negro que he probado y si a ello añades un » o luar de Sil» como acompañamiento generoso de vino gallego, el placer alcanza a ser máximo y constituye broche notable de la estancia en Las Negras.

Con suerte al regresar quizá pueda ver una estrella fugaz y pedir un deseo.