Día 5. Las Negras.

Quizá, dado lo políticamente correcto, debiera llamarse hoy en día como Las mujeres de color y por supuesto empoderadas. Pero al margen de esto es un pueblo de belleza marinera.

Mucho turismo, sobre todo nacional, lo cual es una buena noticia y dado los precios de una simple ración de calamares a 20 euros, la recuperación económica, a costa de los bolsillos turísticos, va a ser pronto un hecho.

Son ocho años sin volver a cabo de Gata y es grato saber que pese a tanto tiempo, poco a dejado de enamorarme está mixtura de roca, sequedad, matorral muy pegado al suelo, mares de plástico y una costa abrupta con sus riscos enfrentados al mar cálido, azul de mil matices.

Un mojito al término del día relaja el pulso de la agitación sufrida al intentar plegar una de esas tiendas extensibles en dos segundos y que sólo ha cedido en su testaruda resistencia a ser recogida, al talento de mi pequeña, lo cual era fácil de prever, pues es montadora de cine y documentales y al fin y al cabo era simplemente buscar una solución de montaje.

Día 4. Cartagena.

Cenando en la azotea de la casa reflexiono sobre el Fortuna propicia, como lema en mosaico de la puerta trasera de la casa romana que hemos visitado.

Todos tenemos el deseo de que la fortuna nos sonría y nos sentimos muy merecedores de la misma. Es así mi infantil deseo con el juego de la lotería, Euromillones.. La observación de que la fortuna se ve ligada al atesoramiento material como un valor indiscutible.

Pero ni la mayor riqueza en dinero o posesiones alargará un día más la protección de mis stent, o me hará más justo o talentoso, ni siquiera añadirá verdaderos amigos con los que sincerar mis dudas, ni me acercara a mis mujeres queridas más de lo que quiera esforzarme.

Lo único que pudiera aportarme es quizá saber de una vez que la fortuna es aquella que no puedo contabilizar en apuntes de mis cuentas.

Soy ya tan inmerecidamente rico cuando comparto esta cena con ellas, cuando recibo el saludo de un amigo y puedo sentirme cobijado, alimentado y permitirme sentir que este día y tantos otros han sido bellos y no puedo perderlos.

Fortuna propicia como lema de lo que podemos disfrutar y que de algún modo haré presente como leyenda en mi hogar.

Día 3. Cartagena.

Hay personas capaces de crear y otras son máquinas incansables de destruir y ello viene a cuento del contraste entre el admirable nuevo museo del Foro Romano, ejemplo de valor didáctico y gusto en la presentación al público del rico patrimonio de la ciudad.

Y frente a ese ejemplo, la imperdonable costumbre de la playa de la ciudad. Recoleta cala donde se impone la costumbre del indeseado hilo musical de un regeton a pleno volumen para escasa satisfacción de quién se halle a no menos de 100 metros del radio de acción mortífero del simpático grupo de jóvenes de tatuajes de vírgenes improbables y amorcito a la madre que los parió, con sus gorras, gafas de espejo e incomprensibles calzoncillos de marca bajo un traje de baño, completando el hermoso disfraz con dorados en collares o pulseras

Atentar la Paz serena del veraneante que quiere adormecerse con el suave ronroneo de la mar sobre la orilla es crimen sin castigo suficiente en Guantanamo o en las oscuras celdas de Maduro.

Verano.

Día 2. Cartagena.

No es Cartagena de Indias. Esa visita está reservada para compartirla con mi amigo J., tan amante de la América colonial como del sensual mestizaje de la piel de las bellas mujeres de aquella ciudad colombiana.

Cartago Nova. La Cartagena cantonal y visitada por todos los pueblos de este mediterráneo que intuyo desde la magnífica azotea donde repaso con placer, la alegría de las croquetas de carabinero compartidas con otros deleites junto a las curvas sensuales de los ficus de la plaza de San Francisco.

A pocos metros, en esta calle del centro el esqueje de un templo romano. El Imperio vencedor de Cartago. Recuerdo el preparatorio del colegio donde nos imponían la rivalidad entre romanos y cartagineses. Amaba ser uno más de esos arrasados cartagineses ya anunciando mi voluntad de perdedor y orgulloso.

Esta todavía temprana la mañana y van cruzando el cielo que se despeja de nubes, palomas y golondrinas y se escucha los graznidos próximos de las gaviotas inquietas ya en busca de su carroñera comida.

Mis mujeres duermen mientras sueño con encontrar el submarino de Peral para encontrar en el fondo las respuestas que desconozco. Quizá no importen y la respuesta no sea sino vive y olvida el porque.

Día 1. De Getxo a Cartagena.

Me encanta tomar un avión. He aprendido a disfrutar al contrario de mi juventud, en poner en manos de otros y desconocidos, la responsabilidad de mi seguridad; establecer mi confianza sin preguntarme si quién me dirige al destino elegido, ha pasado mala noche, desea abandonar este cruel mundo o sufre un ataque de hemorroides. Puro dejar fluir, como la actitud de tantos sobre quién nos gobierna o administra. En el fondo soy un buen ciudadano sin pensamiento propio.

Tomar distancia de este tristísimo y calamitoso verano de mi pueblo, donde el sol y la luz es una deseada y esquiva visita. Añadir rutas y kilómetros a la evidente desgana en mi trabajo, a sus exigencias, a su infortunado horario, a las demandas que me dejan perplejo y a la insistencia en pedirme certezas cuando ahora dudo de todo.

Estos viajes de familia son la mejor terapia para disfrutar con la sencillez necesaria, sin deseos de hacer participe a tantos anónimos reflejando en Instagram lo generoso y envidiable de mi ocio en lugares con encanto y una sofisticación que por compartida se torna vulgar y falsa.

Apenas unas cartas, el blog de dibujo y lo inesperado al encontrar un buen libro tras tanta hoja editada sin mayor valor.

Primer día de vacaciones.