Mi pobre corazón insano solo alberga dos equipos de fútbol.
Arenas, que ocupa aurícula y ventrículo derecho, con la esperanza de recuperar lo que fue y que el pueblo al que representa se sienta orgulloso del mismo y realmente deje su aliento y presencia real en Gobela.
Y el Madrid, mi corazón izquierdo. Lo es porque fuera del mito de equipo del poder, millonario, beneficiado por árbitros y prensa, sencillamente representa valores que abarcan más allá de lo deportivo.
Veo a sus alevines, infantiles, equipo femenino, baloncesto y todos ellos son la propia imagen de su primer equipo de fútbol.
Tres premisas que hacen cada día más grande a este club. La primera no puede ser otra que nunca se rinde, resilencia, cuanto más difícil más empeño.
La segunda la ausencia del miedo a ganar, convertir la victoria en algo natural con lo que conlleva de confianza.
Y la tercera, la fe inquebrantable de que siempre es posible y de ahí intentarlo.
Vivir en el Santiago Bernabéu un partido de Champions es sentir como real las tres premisas. Más allá de jugadores, entrenadores, estrellas que van y vienen queda lo mejor: abuelos que narran aquel partido de Di Stefano, padres que recuerdan a Juanito o los vuelos de Santillana a niños de cualquier ciudad o país que sueñan con vestir una camiseta blanca con el escudo del Real Madrid.
