No las tenía todas conmigo esperando cual pudiera ser su reacción tras dejarlo apartado de nosotros por varios días.
Sentía una cierta mala conciencia, no muy intensa como habitualmente al hacer una pifia, que quería mitigar pensando que el había estado bien cuidado, con comida por demás y un magnífico jardín para retozar o dejarse abrazar por el sueño en las largas tardes de calor.
Al menos debiera haber traído algo que le pudiera gustar. En verano compartimos los polos y especialmente los crujientes de chocolate con vainilla y almendra en fina capa. Lame y relame el palo que le ofrezco hasta sentirse satisfecho y agradecido.
Apenas escucha nuestras voces subiendo la escalera cuando aparece súbito y tras oler si se trata de mi, comienza a dar círculos en un sentido y el inverso. Me siento en el sofá y como cuando era joven salta al mismo y se coloca junto a mi, sabiendo ya seguro que no volveré a dejarlo.
Alguien al que puedes fallar pero siempre olvida, mi amigo Zuri.








