Me pregunto cuánto de nosotros ha desaparecido de nuestro cotidiano vivir desde Marzo.
Cuantos abrazos, besos, reuniones, ocio, encuentros profesionales, cenas de amigos, copas, economía o trabajo se han visto limitados por la obligación impuesta o la propia voluntad.
Renunciar a mucho de lo que constituye al fin y al cabo la vida, para preservar la vida, una paradoja de difícil explicación racional.
Por una parte, muchos son los que piensan que la vida es un valor vacío si está no puede ser vivida por el dolor o la enfermedad incurable o la soledad extrema en el alma o la esclavitud de una dependencia o impuesta por la fuerza de una tiranía invencible.
La probabilidad de morir en un accidente de tráfico es radicalmente superior a la de una muerte por este bicho impertinente que se ha colado en nuestras vidas y sin embargo, pocos renuncian a conducir o ser conducidos, nos limitamos, la mayoría, a usar el cinturón de seguridad reduciendo tal probabilidad.
Quizá ese sea el concepto necesario, vivir con prevención pero sin renunciar a la vida.









