Poco puede esperarse de sorpresa desayunando, como siempre, en la cafetería habitual, un viernes cualquiera, cuando uno presta más su ánimo a que velozmente pasen las horas de trabajo y llegue el deseado fin de semana.
Pero cada día trae un nuevo afán y también alguna sorpresa y así, encontrarse con una Donna que pareciera salir de un cuadro de Boticelli y además cuya melodiosa voz hable con serena cordura, no deja de ser una inesperada y gratificante alegría.
Más si cabe en un típico día otoñal en el que tantas cosas parecen amenazar nuestro futuro. Una sonrisa del cuatroccento en el extraño 2020.
